La infancia es un estado celestial de la vida. El triunfo del alma sobre la maldad. La risa que pone de rodillas a la muerte. Con tanta alegría de por medio, no es casual que extrañemos esos días que jamás volverán. Ayer los extrañé en otro domingo de piñata, turrón y juegos. Qué deliciosa anestesia es la niñez. Nada importa cuando se es niño. Quisiera volver a los siete años, cuando no me importaba esta basura, cuando no reparaba en tanta mierda. Ni modo... las pupusas me esperan.
6 Comentarios:
Cuando el patio (si es que se tenía uno)representaba un mundo de recreación sin final, donde la tierra y la hojas funcionaban en "mi cocina"...jajaja
Hey, es cierto. Ese es el mundo que no volverá. triste, ¿no?
Yo creaba autopistas de tierra mejor que la Diego de Holguín, construida con la única maquinaria disponible: un palito sobrante de una paleta de fruta.
Yo también. No había otra fauna que todas las hormigas y los bichos posibles.
Jajajaja si, días de explosión creativa. Lo malo es cuando te aburre y dejas de disfrutar la belleza de lo que te rodea...
Sï, eso no nos debe ganar, amiga
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